El despertar de un “Fenómeno”

2301398_FULL-LNDHoy es fácil pensar en 1994 como el año en que comenzó el ciclo victorioso de Brasil. Sabemos que la Seleção se proclamaría campeona del mundo aquel año, sería de nuevo finalista en la siguiente edición y conquistaría su quinto título en 2002, de modo que lo lógico es señalar al ’94 y decir que todo empezó allí.

Y es cierto: todo empezó entonces. Pero, hasta el momento en que Dunga alzó el trofeo de la Copa Mundial de la FIFA EE UU 1994™, la historia fue distinta. Muy distinta: peor aún que los 24 años sin ganar un Mundial era el hecho de que, a todos los efectos, el fútbol-arte de Brasil se estaba muriendo.

Corría el mes de marzo de aquel año y, en la conferencia de prensa previa a un amistoso de preparación para el Mundial —en Recife, ante Argentina—, el seleccionador Carlos Alberto Parreira, sometido a una intensísima presión desde todos los sectores, se pronunció: “¿Quieren arte? En el fútbol de competición no es posible”. El técnico habló así de claro, ante la enésima crítica al juego practicado por su equipo. “No quiero coartar la creación y la fantasía, no le voy a poner una camisa de fuerza a nadie. En el fútbol competitivo ya no queda espacio para el arte, aunque el virtuosismo no ha terminado”.

En retrospectiva, lo más interesante de todo fue el momento en que se produjeron esas declaraciones. Al día siguiente, el 23 de marzo de 1994, comenzaría una historia intrínsecamente ligada al fútbol jugado de la forma más linda que se pueda imaginar, aunque también explosiva y competitiva. No nos referimos a la victoria por 2-0 de los hombres de Parreira sobre Argentina, con dos goles de Bebeto, sino a lo que sucedió en sus minutos finales. Una sustitución: la salida, precisamente, de Bebeto, aplaudidísimo, para dar entrada a un chico de 17 años que, a partir de entonces, llegaría a vestir la camiseta de la Seleção otras 96 veces, marcaría un total de 62 goles y se convertiría en el máximo realizador de la historia de las Copas Mundiales de la FIFA. Un día después de decretar el final del arte en el fútbol, Parreira dio la alternativa a quien sería uno de los mayores artistas del combinado brasileño: Ronaldo Luís Nazário de Lima.

Parreira ya había convocado tres veces al entonces delantero del Cruzeiro, pero sin utilizarlo. Ronaldo confesó luego a A Gazeta Esportiva que, ante la baja por una lesión en la rodilla derecha de Romário, titular indiscutible, él, ambicioso como ya era, había llegado a imaginarse en el once inicial al lado de Bebeto. Y le frustró ver que el elegido era Müller.

“Esperaba empezar el partido, porque Romário era baja y Müller también”, declaró, cabizbajo, al periódico. “A fin de cuentas, ya me habían llamado tres veces, sin tener la oportunidad de jugar. Pero al final Müller volvió, y me quedé sin el puesto”.

Era como si Ronaldo supiera que aquella era una historia que merecía empezar cuanto antes, fuese como fuese: aunque solo durase unos minutos, tocase únicamente dos balones y las dos veces recibiese faltas. Había que comenzar en algún momento, y así fue: hace exactamente 20 años se inició la trayectoria triunfal de Ronaldo en la selección brasileña. En este caso, la relación de causa-efecto es innegable. No hay más que fijarse en el cambio que se produjo al final de aquel partido en el estadio de Arruda, señalar con el dedo y decir, sin miedo a equivocarse: “Todo empezó allí”.

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